CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA


Todos matamos un pedacito de ésta Selección.

Somos esos padres que acompañan a sus hijos de seis años al partido de infantiles y le gritan inútil al entrenador por no ponerlo titular o sacarlo en el segundo tiempo; somos esos padres que se pelean con los otros padres porque su hijo es mejor que todos los otros hijos; somos esos padres que, lejos de respaldar y dar a entender que la derrota siempre es opción, presionan. Somos los formadores que le inculcan a los más chicos que corran y ganen y no que piensen y se diviertan. Somos esos que se sientan frente al televisor, que le muestran una foto de un futbolista con su mujer en la bañera y se calientan. Somos esos que le dicen pecho frío a un tipo que, con una estructura y dirigencia nefasta, con un país que le dio la espalda cuando quiso progresar, volvió igual a defender éstos colores.


Somos esos que por una atajada desgraciada insultamos, amenazamos y faltamos el respeto. Somos esos que putean y maldicen agarrados al alambrado. Somos esos que no toleran la derrota, que lo resumen a un error, que subestiman rivales, que le tiran la tierra a otro porque se siguen tragando ese axioma indiscutible de que somos los mejores. Somos esos que un día endiosan por dos buenos movimientos y al otro día lo patean en el suelo porque le salió una mal. Somos esos, de memoria a corto plazo, que retiran a un tipo que hace 14 años defiende la camiseta y lo desacreditan descarademente. Somos esos que no perdonan un mal día ni un error. Somos esos que saben todo sobre ser entrenadores, que hubieran ejecutado mejor el dibujo, que hubieran potenciado más a Messi y que hubieran hecho mejor los cambios. 

Somos esos que le dan retweet y difaman a los que critican sin respeto y mesura desde la comodidad de sus sillones. Somos esos a los que no les va bien en el estudio, que no tienen el laburo que les gustaría y que, con suerte, son los mejores del club del barrio pero que piden a los de la cancha que rindan cuentas y pongan huevo. Somos hijos del resultadismo. Del exitismo impuesto y alimentado por ciertos sectores del periodismo, y aprovechado por los que toman las decisiones pesadas. De palabra deshonesta y muñeca fácil. Esos que pudren todo lo sano y fresco. Que se burlan del respeto y la ética con votos matemáticamente inexplicables, vergonzosas gestiones, desprecio por el orden y los proyectos que compartan mismo idioma a largo plazo. Que ganan «sin importar la nobleza de los recursos utilizados». Que lejos de castigar al que actúa mal, lo subvencionan. Que hacen del fútbol un negocio descarnado y deshumanizado. Que dejan caer en picada a los clubes más chicos y morir a los pibes que militan en ellos. Que otorgan responsabilidades a violentos y promueven la violencia. Que desterraron lo más digno que ha tenido la formación juvenil y a cambio han sembrado autodestrucción y desertado los talentos.

La histeria y la vorágine es un estado común en Argentina y, contra viento y marea, ésta camada, éste grupo de futbolistas, ésta mesa chica, llevó a Argentina a lo más alto. Porque el fútbol es dinámica de lo impensado, pero no siempre están en oferta los milagros. A veces, pocas veces, la lógica le gana la pulseada. Ésta camada fue un milagro. Gambeteó a la mierda y la dejó rendida de rodillas. Un milagro que atravesó las entrañas de la más oscura y dura corrupción y trajo luz. Más de la esperada. Que volvió para defender los colores por más que la organización y la realidad se cayera a pedazos: Oro olímpico y Sub 20, subcampeonato en Copa América (2015, 2016) y Copa del Mundo (2014).

La falta de recambio, luego de un desgaste lento y doloroso por parte de hinchas, periodistas y dirigentes, fue la crónica de una muerte anunciada. Argentina no acumula en su plantilla zagueros, pasadores ni laterales top. Es dinamita en tres cuartos, pero no tiene un andamiaje que les prenda mecha para que exploten. En éste contexto, la posibilidad de aspirar en Rusia era utópica. Pero teníamos al comodín. Teníamos a Messi. Y cómo no ilusionarse. Pero la realidad, reencarnada en la velocidad inhumana de Mbappé, volvió para bajarnos a tierra y sacarnos la mugre de los ojos: los años pasaron, a la gambeta se le acabó la nafta y la lógica pasó de knockeada y en la lona a golpeadora en el centro del ring. La lógica vencía. Esa que asegura que lo que más te acerca al éxito son los proyectos a largo plazo con un horizonte definido, regido desde la honestidad, capacidad y buena intención. Sin dirigentes afables, sin comunicadores afables y con la complicidad de los hinchas se reduce todo a la mera contingencia. A esa épica que nos deleita cuando pasamos de culo y que nos desentiende cuando se ausenta.

¿Sampaoli falló en la lectura de los partidos? Es probable. ¿Se traicionó jugando con dos mediocampistas estáticos y dejando sin un minuto, luego de ser partícipe de cada entrenamiento, a Lo Celso, el más revulsivo entre tanto apagón? Es probable. ¿Entró de pedo al Mundial y sólo por Messi? Es probable. Pero la calamidad es más abarcativa y profunda que las decisiones de un entrenador y lo que generaron los futbolistas dentro de la cancha, el último eslabón de una cadena bastante oxidada.

«Algunas victorias atrasan más que muchas derrotas», decía Signorini días atrás. Y llegó la hora. El fútbol, de las pocas herramientas que tenemos para sonreír y tomar aire de la turbulencia diaria, y su presente (antes nos lo advertía) nos lo pide a gritos: con Messi sólo no alcanza. El cambio deberá ser entrañable. Desde lo más profundo de todos. Entender largos plazos sin la necesidad de caer en un resultadismo destructivo. Que los de la cúpula se dignen a correrse si es que algo de empatía tienen luego de desperdiciar la Era del mejor jugador del mundo. Que las riendas las tomen manos limpias, sin ombliguismos y negocios sanguinarios. Que se capaciten y forjen formadores. Que se respalden, cuiden y potencien los talentos resurgentes.

El fútbol, de los instrumentos culturales más poderosos, nace a cada minuto y en cada rincón. No podemos permitirnos seguir matándolo así. Transformar el éxito en una consecuencia, no en una casualidad. De eso se trata. Y nos incumbe a todos. No nos hagamos los boludos.

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