NI UNO PARA TODOS, NI TODOS PARA UNO

Y por uno, me refiero a Messi, claro.


Cualquier análisis sería imparcial para la cantidad de matices aberrantes que atraviesan, y se buscan tapar con parches, al fútbol argentino: desde el indigno rol de los dirigentes de la AFA, con votos matemáticamente inexplicables, vergonzosas organizaciones de amistosos, desprecio por el orden (entiéndase orden por seriedad estructural) y los proyectos que compartan mismo idioma a largo plazo y la descarnada y autodestructiva semblanza que se le disemina a los más jóvenes. 

Y me quedo con el último punto porque debemos hacernos cargo: hemos matado, gradualmente, la libertad del fútbol en los más chicos. Se ha puesto a la simbiosis más pura entre jugador y balón, que se da en la más temprana edad, en servicio del banal resultadismo. No se lo invita a pensar, se le ordena. Se lo recorta. "Ya no se producen volantes de pausa, con buen pase e inteligentes para entender los tiempos del partido. Es un problema estructural del fútbol argentino. En inferiores buscan pibes que corran y corran. Sólo vale ganar. El problema es que después no ganan nada", soltaba un amo y señor de la pelota, Ricardo Bochini. La estructuración y el atamiento a esa edad es muy dañino, le despojan el instinto de raíz, lo hunden en la presión, lo angustian. Y cuando el deporte deja de divertir, ya no es juego. Las estrictas órdenes del "ganar como sea" destrozaron la predisposición de los más pequeños para el arte del engaño, <<que es el fútbol en su esencia y atractivo máximo>>, como anticipaba hace sesenta años Dante Panzeri.

Ésta Selección quedó devastada psicológicamente en 2016, en la Copa América Centenario, luego de perder su tercera final consecutiva. Ni jugando mal, regular y bien le alcanzó. Los títulos parecían encaprichados por no caer en manos argentinas y sobre todo en los pies de Leo Messi, el último astro futbolístico que echó raíces en nuestro suelo (y que, obviamente, se marchó por la incapacidad que tuvieron de reconocerlo). Pero el 10, una vez más, con ese rasgo competitivo y recreativo de niño que lo caracteriza, alargó la vida de un grupo abatido. En ése contexto, un milagro, con cuatro entrenadores de por medio e ideas vastamente cruzadas, podía hacernos tragar que íbamos a clasificar a Rusia y sólo otro milagro, con una previa llena de abruptos y sin estilo ni plan de juego, podía hacernos tragar que llegaríamos lejos en Rusia. Pero aquí hemos personificado a la salvación y le exigimos, por más contradictorio que suene, que rinda cuentas.

Hoy vimos un Messi sombrío, apático, triste. Como pocas veces... Y sin él, una vez más, Argentina se mostró irresoluto, introvertido, sin iniciativa ni generación. Quedó expuesto frente a dos de los mejores mediocampistas a nivel mundial. Dos todoterreno, dominadores del tiempo y del espacio, de alto vuelto, panorámicos, técnicos y disciplinados. Dos <<dribbleadores que van para delante>> parafraseando a Panzeri. Argentina ha "planeado" hacer girar su órbita en torno a Messi, hacerlo eje, para enaltecer a un equipo esquivo de mediocentros cerebrales y creativos en la medular; en lugar de hacer un buen equipo que Leo, no en cantidad de puntadas sino en calidad y tiempo adecuado, impulse a descollar. En el Barcelona, Messi puede ser el cuerpo entero (hacer de Iniesta, Rakitic, Busquets o Suárez) o ser parte del mismo. Porque tiene un equipo con roles subrayados, que genera peligros sin necesitar obligatoriamente de su intervención. Que, en su mayoría, usa su genial espontaneidad como herramienta esporádica, complementaria y revulsiva, no como única referencia.  Xavi decía: "Leo, si quiere, puede hacer de Iniesta, de Xavi, de Sergio e incluso de Piqué, pero ninguno podrá hacer de Messi". Sin embargo, Messi acá no cuenta con ese libertinaje. El querer es deber. No tiene lugar para la intermitencia. Ese Leo pillo, pícaro, aniñado, se ha ido desdibujando por un suplicio insoslayable: no habla el mismo idioma que sus compañeros en el seleccionado. No se entienden. Eso lo desnaturaliza, lo opaca, lo mesura y lo sustrae de lo recreativo. Y aunque suene absurdo, Messi debe ser más que Messi: debe ser Masche, Énzo y Biglia al mismo tiempo. Aislado de su hábitat o sobrecargado de exigencia, acabará perdiendo. “Messi es un jugador mágico. Pero si a los magos el carpintero no les construye bien el cajón, le corta la cabeza a la persona que tiene dentro. Y él necesita que le construyan un equipo”, sintetizaba, simple y categórico Menotti. Pero es que no hay. No hay pasadores de elite. En Argentina, nos hemos empeñado tanto en  “modernizar” el fútbol que reprimimos y desterramos al todo nuestro semillero afamado y enaltecido por <<no sólo el dribbleador habilidoso, sino el  dribbleador que va hacia delante>>.

Carlos Bianchi, padre futbolístico de uno de los equipos más ganadores de Argentina, Boca Juniors, definió en Clarín muy bien la debacle futbolística: "Argentina hoy no tiene volantes como Modric y Rakitic. Por algo ellos juegan en Real Madrid y Barcelona. Son capaces de armar juego y llegar al área rival. ¿Ustedes lo vieron a Kante, el francés? Tampoco tenemos unos de sus características, que corre y juega. El único mediocampista de la Selección que disputó los 180 minutos fue Mascherano. Y ya dijimos que no es un creador de juego. Sin volantes con salida rápida y gol, en este nivel se hace difícil. El 10 clásico, capaz de producir en ataque, provocar desequilibrio y patear de media distancia, desapareció en el fútbol de nuestro país. Hay que aceptar la realidad". Entender que estamos donde estamos por lo extraordinario de su zurda y nada más. Que el milagro nos salvó, pero el daño es tan abarcativo (sólo una migaja -mi enfoque- contribuye con el desprecio a los pasadores) y tan irreversible, que ni el mago más mágico pudo contrarrestarlo. Golpe a la dura y cruda realidad que arraiga nuestro fútbol y que algún día, deberemos afrontar. Volvamos a las fuentes: el foco debe ser cómo jugar, no sólo ganar. Así, dejamos pasar la era Messi. Hagámonos cargo.



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