¡UN DESFACHATADO ENTRE TANTA PRUDENCIA!

El cordobés rompió con el orden preestablecido, mostró sus cartas y pide cancha para un equipo sistematizado.


"Por suerte todavía aparece en las canchas algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce que su cuerpo lanza a la prohibida aventura de la libertad", se consolaba Galeano, y allí fue Pavón, con valentía y tesitura, embarcado en la aventura de romper con la coraza de un rival que parecía impenetrable, que retrocedía para amalgamar un tejido deshilachable, que aceptaba convivir con sus limitaciones -y, a través de la disciplina, potenciaba sus escasas virtudes- y que multiplicaba sus soldados en el medio para disputarle a Argentina el tesoro más preciado del terreno: el balón.

"No se puede atacar siendo ordenado", suscribió Jorge Sampaoli en rueda de prensa semanas atrás. Pero desde el vamos, parece haber traicionado aquella convicción con la que conceptualizó una de las fases fundamentales del juego. El doble cinco Biglia y Mascherano atentaba contra la creatividad, movilidad y conducción y aislaba a Messi que, sin un socio que le alcance la pelota y desdibujara líneas acérrimas, iba a depender de la activación y desinhibición de tres componentes claves: Meza, quien se recostaba a su derecha, y Tagliafico y Salvio, los laterales del equipo. 

Desafortunadamente, ocurrió lo cantado: Biglia sobró frente a una defensa cerrojona y los tres debutantes no pudieron escapar al retraimiento que genera, frecuentemente, un primer partido en la Copa del Mundo. Sobre todo los últimos dos, que se adjudicaron trepadas intrascendentes y no se salieron del libreto, mientras que el volante de Independiente, en el segundo tiempo, logró algo más de chispa que lo introdujo nuevamente en el mapa. ¿La consecuencia? Messi fue apagándose como al fuego que no le echan combustible y que, por más gana ponga de sobrevivir en soledad, la frustración termina por extinguirle.

Pero cuando el final del túnel se aproximaba, apareció un destello de luz. A los 75', Pavón ingresó por Di María y se estacionó en la banda izquierda. El 7 de Boca, obstinado al temple de sus compañeros, tomó la lanza y, libre, se dispuso a contrariar e irrumpir el orden bajo el que se regía el partido. En su primera intervención, encaró, amagó hacia un lado y se llevó la pelota para el otro; el defensor, engañado, en el intento de frenar el curso de la esférica le cruzó la pierna y le arrastró el pié. Pero el árbitro, desentendido, no cobró el penal. Minutos más tarde, nuevamente mostrándose como opción y trazando diagonales, llegó a la última línea de cal y centró el balón de gran manera, aunque ninguno de sus compañeros pudo conectar. Lo selló con otro intento de filtrar la pelota al área que, tras elevarla con una comba venenosa, casi se filtra por el segundo palo de Halldorsson quien, con reflejos de halcón, alcanzó a manotearla al costado.

Pavón había argumentado su convocatoria en amistosos y la ratificó -con fortaleza cognitiva y desenvoltura, rebeldía y verticalidad en sus pies- en su debut oficial. Respetado y temido por su imprevisibilidad en tierras rioplatenses, el cordobés comienza a trasladar su talento desfachatado en suelo ruso y pide pista. ¿Tendrá su lugar frente a Croacia?


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